No me acuerdo cuando empezó a gustarme el cielo por la noche. Hasta donde soy capaz de recordar, me veo en la ventana de mi casa, por la noche, mirando las estrellas y soñando. Supongo que todos los que crecimos en esos años tuvimos la influencia de la conquista del espacio de los americanos en su carrera con la Unión Soviética por alcanzar antes la frontera exterior del planeta. Toda la fuerza mediática de los Estados Unidos llegaba también a España (como sigue llegando aun) en forma de series de televisión, películas, documentales, etc., y, por supuesto, en las noticias de la televisión, la radio y los periódicos. Lograron implicarnos (o al menos implicarme) en su conquista espacial como algo compartido, casi propio. El nivel de información (cierta o inventada) que nos llegaba sobre el espacio, las estrellas, los cohetes y los viajes espaciales, era mucho mayor que lo que llega ahora, o al menos así lo recuerdo yo.
Recuerdo con especial cariño una serie de televisión, Perdidos en el Espacio. Hace unos pocos años hicieron una película basada en esa serie que, como suele ocurrir, me defraudó mucho. Perdidos en el Espacio, la serie, creo recordar que la ponían los viernes por la tarde, como a las seis o siete. Lo que sí recuerdo muy vívidamente es como volvía corriendo del colegio para llegar a tiempo y poder verla. Las imágenes que llegan a mi cabeza ahora, cuando escribo esto, son de invierno, de noche, con lluvia y frío. La ilusión de llegar y sentarme delante de la tele y vivir las aventuras de los protagonistas de la serie. Ahora, sería una serie ingenua, mal hecha y con muchos errores de desarrollo y planteamiento, y sobre todo de efectos especiales. Incluso entonces nos dábamos cuenta de que las rocas del decorado del planeta donde se habían perdido eran de cartón, y las voces, dobladas en acento mejicano o portorriqueño, nos sonaban raras a los niños españoles de entonces. Aun así, cuando al acabar el episodio jugabamos a ser Perdidos en el Espacio, nos empeñábamos en imitar las voces, las expresiones y los gestos de los protagonistas de la serie. Eso molaba. Yo creo que algo que nos enganchaba tanto a la serie era el hecho de que uno de los protagonistas era un niño, de nuestra edad entonces, más o menos unos 12 años. Todos éramos ese niño, con sus padres en la nave espacial, con su robot de brazos de fuelle de goma y manos de pinzas como garfios móviles. Había un malo, como no, el Dr. Zacharias Smith, que siempre estaba saboteando a la buena familia americana a bordo de la nave, aunque incluso él tenía un punto de ternura.
También había entonces muchos documentales de ciencia y tecnología. Siempre hablaban del futuro y todos predecían maravillas para el año 2000, fecha mítica durante los 60 y 70, ya menos en los 80 y nada en los 90. Lo normal en el año 2000 sería que todos podríamos ir volando al trabajo en pequeños artefactos volantes. Con todos sus errores, aquellos programas lograron inculcarnos una cierta actitud hacia la ciencia y la investigación y, por supuesto, hacia el espacio y sus misterios. Supongo que todo eso contribuyó en gran manera a que finalmente me dedicase profesionalmente a la investigación. Sin embargo, como ya comento en la parte de información de este blog, elegí mal. A mí me gustaban las estrellas, el cielo de noche, pero al final me dediqué a la biología. Sí, es cierto que también me gustaban los bichos y las plantas, y en el colegio se me daban bien (algún día comentaré algo a este respecto). Fue el profesor de biología (entonces se llamaban ciencias naturales) quién me convenció de que hiciese biología. No es que él tuviese la culpa, ni mucho menos, pero entonces (y aun ahora) yo era muy influenciable y la falta de información sobre qué era la carrera de astronomía o astrofísica en Santiago de Compostela, donde yo estudié, y qué salidas profesionales tenía (ninguna) hicieron que me matriculase en Biología (que entonces tenía mucho futuro y ningún presente). Pero siempre me quedé con esa pequeña frustración, esa pequeña, o tal vez no tan pequeña, renuncia, de no poder estudiar astronomía como carrera.
Sin embargo, la Astronomía se convirtió en mi afición favorita durante muuuuuchos años. Como escribí en cierta ocasión, aún ahora, encontrar la primera estrella de la tarde me hace dueño de la noche. Desde bien pequeño leía cosas de Astronomía y hacía telescopios falsos, de cartón, sin ninguna lente, por los que miraba las estrellas desde la ventana de mi casa. Lo primero que leí sobre Astronomía era en los libros de Geografía del colegio. Todos empezaban las primeras lecciones ubicándonos en el universo. Aunque estaban ilustrados a todo color y eran visualmente impactantes (para aquellos tiempos o así lo recuerdo), me dejaban una sensación un tanto decepcionante. Luego descubrí una vieja enciclopedia (Enciclopedia Autodidáctica) de mi padre con una parte entera dedicada a la Astronomía, con pequeños párrafos para cada planeta y otros astros.
Era un solo libro muy gordo que aun conservo, donde se enseñaba de todo, incluso Agrimensura. Supongo que estaría plagado de errores y la edición sería malísima. Por supuesto estaba todo en blanco y negro (salvo algunas láminas centrales) y las pocas fotos que había parecían dibujos malos. Pero a mi esa enciclopedia fue la que me abrió el camino a la Astronomía amateur y me permitió soñar durante mucho tiempo. Hacía fichas para los planetas, los objetos del cielo profundo (qué mágico y evocador aún me suenan esas dos palabras: cielo profundo), galaxias, nebulosas,… Con esa enciclopedia descubrí el término sidéreo en lugar de sideral, más popular entonces, y con ella empecé a desear tener un telescopio de verdad. Hablaba la enciclopedia de un anteojo, de esos de marino, con los que se podría ver los satélites de Júpiter, los anillos de Saturno, las fases de Venus y los “canales” de Marte. Recuerdo que vagaba por Pontevedra parándome en todas las tiendas de óptica (las que venden gafas y esas cosas, nada más sofisticado) mirando los escaparates para ver los “anteojos”, catalejos, que tenían expuestos y frustrándome con el precio, excesivo para un niño de 13 o 14 años, más o menos.
Más tarde me hice socio de la Biblioteca Pública de Pontevedra. Entonces descubrí la inmensidad de libros a los que podía tener acceso. Evidentemente, los primeros que busqué fueron los de Astronomía. Recuerdo uno que me ha dejado mucha huella. Sin embargo no recuerdo ni el título ni el autor. Sé que era un cura y tengo una vaga imagen de la portada, un color verde-gris muy soso, pastas blandas de aquellas que había antes como de papel mate, gordo y malo, casi de estraza, y hojas ya amarilleadas entonces. Lo que me gustaba de aquel libro (el primero de saqué de la biblioteca con mi carné nuevo) era la forma que tenía de describir el cielo: hablaba de los amaneceres de las estrellas – a tal hora amanece Regulus, a tal otra amanece Spica, … Me gustaba aquella forma de decir que Regulus o Spica aparecían a la hora que fuese por el horizonte este.
Mas tarde descubrí otros libros, ¡con fotos y en color! Uno de esos libros, con fotos y dibujos y a todo color, era un Atlas de Astronomía. No era un atlas como los del mundo, sino uno de esos libros que aun ahora hay que condensan el saber sobre un tema de una forma abreviada y visual. Tenía unas 70 páginas o así y las hojas eran duras. Me gustaba mucho y como no podía comprarlo (ni siquiera recuerdo si existía a la venta entonces), lo copié, a mano, dibujos incluidos. Así perdía el tiempo entonces y un cierto atavismo de esto todavía me queda ahora. Sin embargo, eso me hizo aprender mucho sobre los astros. Claro a un nivel más bien elemental, pero que permitía entrar en una especie de mundo aparte, donde era comprendido, aunque estuviese vacío, sin nadie con quién compartir aquellas pequeñas ilusiones. La Astronomía amateur es una actividad bastante solitaria, sobre todo en una ciudad pequeña como Pontevedra.
Bastantes años más tarde pude ya comprarme un telescopio astrónomico de verdad. De los de gama media-baja en el mundo de los aficionados. Un Newton de 200 mm con montura ecuatorial y motor de seguimiento. Pero eso se queda para otro post.
j.






las estrellas son muchas y tengo una pregunta:¿como se puede saber cuantas estrellas hay en el cielo a lo largo del dia y la noche?