Del 9 al 11 de febrero, de domingo a lunes, estuve en Vigo y tuve ocasión de visitar el buque oceanográfico Sarmiento de Gamboa, que estaba amarrado en el muelle de la estación marítima del puerto de Vigo. Este buque es gestionado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y fue construido en los astilleros Freire de Vigo, con financiación del Ministerio de Educación y Ciencia, de la Xunta de Galicia y del propio CSIC, que actuó de armador, por cierto de una manera realmente excelente.
Un amigo, Fernando, y yo nos fuimos el sábado por la tarde, y durante la mañana del domingo nos dimos una vuelta por Vigo. Dormimos en el Hotel Bahía, justo delante de la estación marítima. El nombre del hotel tiene ya resonancias ultramarinas. Es un hotel de la época de los viajes trasatlánticos en barco a Sudamérica. Cuando los gallegos que emigraban allí solo podían ir en barco. Aunque llegamos tarde a Vigo, ya de noche, cuando me fui a la habitación, con una magnífica vista de la ría de Vigo, me vinieron a la cabeza recuerdos de cuando bien pequeño (como con cinco o siete años) iba a Vigo con mis padres a esperar (o a despedir) a algún familiar que venía de Argentina en barco. Era otra forma de viajar. Es evidente. Ahora, ir a esperar a alguien a un aeropuerto es cuestión de una hora o así. Antes, cuando íbamos a Vigo a esperar a alguien era todo el día. Sabíamos qué día llegaba el barco, pero no a qué hora. Íbamos por la mañana, temprano, en tren desde Pontevedra y, al llegar, mi padre se enteraba de la hora prevista de atraque del barco. A veces, muchas, era ya avanzada la tarde, con lo que teníamos que pasar el día allí, esperando y haciendo tiempo. Aun me viene el olor de las sardinas asadas y el pan de maiz que tomábamos a la comida, en un restaurante barato. La idea que me ha quedado era de mucho bullicio. Supongo que eso ocurría siempre que llegaba un barco desde el otro lado del océano. Vigo se llenaba de gente que esperaba a sus familiares a los que tal vez llevaban años sin ver. Eso nos pasaba a nosotros. Era una forma muy emotiva de esperar. Tal vez fuese la edad tierna que tenía entonces, pero aun recuerdo las lágrimas de mi madre y también de mi padre cuando, en vez de ir a esperar, íbamos a despedir. Las emociones de la espera eran diferentes, pero igual de intensas y, a falta de otra cosa que hacer durante ese día, alimentadas con la ansiedad dilatada de la espera. El día lo pasábamos haciendo tiempo, subiendo y bajando Vigo. Recuerdo que íbamos a una especie de plaza alta, con una baranda de piedra y con telescopios de esos de echar monedas. Alguna moneda echábamos y mirábamos a ver si descubríamos el barco en el horiazonte, allá a lo lejos, cerca de las Cíes que cierran la ría. Nunca llegué a descubrirlo, pero entonces aun no sabía ver. Porque también hay que aprender a ver. Como hay que aprender a oir. Como la primera vez que hablé por teléfono. Sólo hablé yo, no oí nada. No sabía oir, porque no sabía qué era lo que tenía que oir. Por eso tampoco fui capaz de ver el barco por aquellos telescopios, porque no sabía qué tenía que ver. Bueno, eso es pasado muy pasado. Vuelvo al viaje de ahora. El domingo por la mañana Fernando y yo paseamos por Vigo. Paseamos es una forma benigna de decirlo, pues Vigo es una montaña (un castro) y los paseos siempre implican subir y bajar, a no ser que nos quedemos en las calles paralelas al mar, un poco anodinas, que siguen las curvas de nivel (las isógramas) del monte que aun hay debajo de la piel de Vigo. A veces, recuerda, por las cuestas, a San Francisco. Sin embargo, Vigo ahora no es una ciudad bonita para mí. Es verdad que tiene el mar, que siempre es un valor muy importante, pero en el caso de Vigo ese mar ahora es industrial, utilitario. La ciudad ha perdido todo el sabor ultramarino que antes tenía, que le daban los viajes trasatlánticos en barco.
El domingo, aunque aun era 10 de febrero, Vigo ya estaba en primavera. Toda Galicia estaba ya en primavera. Las mimosas ya estaban en flor y las calles de Vigo estaban llenas de flores: ciclámenes, blancos, rojos, buganvillas, camelias,…
El tiempo estuvo espectacular. Ni una nube en el cielo. Galicia así es aun mejor, y es raro en esta epoca del año (los fanáticos del Cambio Global dirán que es por eso, bueno, vale, ¿y?). Desde el parque do Castro, en lo alto de Vigo, la vista de la ría era impresionante. ¡Parecía verano y estábamos en el frío Febrero!
Hacia el mediodía fuímos al Sarmiento de Gamboa. El buque es nuevo. Se botó en enero de 2006 y su madrina es la reina Sofía de España. Se llama “Sarmiento de Gamboa” en honor de un marino del siglo XVI, gallego, de Pontevedra, aunque alguna duda parece haber respecto a su origen, que participó en el descubrimiento de las Islas Salomon junto con Alvaro de Mendaña, aunque según parece su vida fue una agregación de infortunios y mala suerte. Yo nunca había oido hablar de Pedro Sarmiento de Gamboa hasta que visité el barco por primera vez, aun en construcción (mi ignorancia de la historia es suprema). El Sarmiento de Gamboa es un buque impresionante, al menos para mí que conozco pocos buques oceanográficos. Tiene unos 70 metros de eslora (de largo, para los que no entendemos) y unos 15 de manga (la parte más ancha) y puede alojar, muy comodamente, a 30 investigadores y sus 15 tripulantes. Es por tanto un poco más corto que el buque oceanográfico español más conocido, el Hespérides. Sin embargo, el Sarmiento de Gamboa es más ancho pues ha sido diseñado desde el principio como buque de investigación oceanográfica, a diferencia del Hesperides que era inicialmente un buque de guerra (los buques de guerra no suelen ser muy anchos, para no ofrecer un blanco fácil al enemigo), reconvertido para uso científico posterioremente (de hecho, el Hespérides pertenece y es tripulado por la Armada española).
El puente del Sarmiento de Gamboa es impresionante. Más de 200 metros cuadrados diáfanos, con visibilidad de 360 grados. No hay timón. Mejor dicho no hay la clásica rueda con mangos característica de los timones de los barcos. En su lugar, el Sarmiento de Gamboa tiene un joystick con el que se dirige como si fuera una Playstation.
Debajo del puente, cuatro pisos más abajo, están los motores que hacen funcionar el barco. Aunque su combustible es gasoleo, éste se utiliza para producir electricidad en unos inmesos generadores, que hacen un ruido innombrable que impide oir nada más. Afortunadamente están muy bien aislados y el ruido que sale al exterior es razonable. La electricidad producida (170 amperios cada generador, y tiene tres) alimenta los motores eléctricos que mueven la hélice principal del barco, en popa, de bronce, de cinco aspas. Por contraste, estos motores eléctricos son muy silenciosos. Además, el barco tiene otras dos hélices de menor tamaño, una en proa y otra en popa, en posición transversal, que son utilizadas para atracar y zarpar de puerto aunque, según me informaron, en caso de emergencia, la de proa puede ser utilizada, orientándola en la misma dirección que la quilla, cómo hélice de retorno a casa.
Aunque puede parecer obvio, estando en el buque me di cuenta que los generadores están siempre funcionando incluso cuando el barco está amarrado al puerto, puesto que debe ser autosuficiente y debe generar la energía necesaria para que lo más simple funcione. Esto, en una casa, pasa desapercibido, pero no en un buque, tanto en altamar como en puerto. Por ejemplo, aunque cuando está amarrado utiliza agua del sistema urbano, el buque debe ser capaz de generar agua potable a partir del agua de mar cuando está de travesía.
El Sarmiento de Gamboa es un buque oceanográfico y por lo tanto está destinado a la investigación. Por eso, además de la parte más “civil”, también tiene varios laboratorios, algunos termostatizables a cualquier temperatura para poder trabajar con especímenes de aguas frías.
Además, tasmbién posee multitud de equipos de investigación. Abajo se muestran tres unidades de muestreo: series de cilindros que permiten muestrear aguas de diferentes profundidades y medir simultáneamente varios parámetros (presión, temperatura, salinidad, etc.). Algo bastante único del Sarmiento de Gamboa son dos quillas retráctiles que permiten alejar instrumentos de medición del casco del barco para evitar las distorsiones que éste puede producir en las mediciones (por ejemplo, las burbujas de cavitación que se producen pueden distorsionar muchas de las medidas que se realizan). Además, el buque puede controlar remotamente un robot autónomo que puede operar hasta a ¡6 kilómetros de profundidad!.
La comida en el Sarmiento de Gamboa es igual de espectacular que el buque. Su cocinero es buenísimo. Según me cuentan los que entienden de barcos, el cocinero es una de las personas más importantes de los barcos. Tener el estómago lleno y, sobre todo a gusto, cambia mucho la forma de ver la vida, y ésta en el mar puede ser muy dura, o al menos aburrida a veces supongo. El barco tiene todo nuevo y es muy confortable. Los camarotes son amplios y todos tienen un cuarto de baño propio. Nada que ver con los camarotes estrechos y hacinados que a veces salen en las películas y que he podido ver en otros buques más pequeños y viejos. Tiene zonas de descanso, gimnasio, cafetería,…
Por la tarde, después de comer, el capitán y la tripulación del barco (todos muy amables, amigables y muy entretenidos) nos regalaron un paseo por la ría hasta el puente de Rande, que cruza la ría en su punto más estrecho, y después hasta las Islas Cíes. Por primera vez pude ver las Cíes desde el oeste, desde fuera de la ría. Por primera vez también pude ver el puente de Rande desde abajo. Como tenía miedo a marearme, me dopé con Biodraminas. No hacían falta, pero pensé que más valía prevenir.
Tuvimos mucha suerte con el tiempo, como ya dije, y pudimos disfrutar de una puesta de sol impresionante, ensoñadora y muy muy evocadora. Las fotos de puestas de sol muchas veces no son muy fieles a lo que nuestros ojos ven, sin embargo a veces son interpretaciones cromáticas interesantes. Por ejemplo, en la foto de abajo, con el sol aun por encima del horizonte, el contraluz convierte el mar azul en un mar de petróleo brillante.
Más tarde, cuando el sol ya se pone tras el mar, la luz cambia y el mar se vuelve menos aspero, más plástico, pero también más tenebroso.
Al llegar a Vigo, la Luna ya reinaba en el cielo y la noche se había echado sobre el puerto, donde también estaba amarrado otro buque oceanográfico, el Cornide de Saavedra, del Instituto Español de Oceanografía.
Al día siguiente, lunes, el Coornide de Saavedra se hizo a la mar antes de salir el sol.
Mientras, el puente de Rande aun se encontraba en la luz incierta y láctea del amanecer
y el Sarmiento de Gamboa comenzaba a despertar entre quejidos de gaviotas.
Proa del Sarmiento de Gamboa al amanecer
Cerca, a la vuelta de la esquina del muelle, el García del Cid, otro de los buques de investigación oceanográfica del CSIC, el hermano mas pequeño (en tamaño, que no en edad) del Sarmiento de Gamboa, estaba amarrado preparándose para alguna misión en el mar.
El día despuntaba y se prometía soleado, cálido (para ser febrero) y lúminoso, muy luminoso. No defraudó. Por la tarde, a eso de las cinco, aun con sol radiante en el cielo, dejamos Vigo para volvernos a Madrid. Fue un buen fin de semana, buen tiempo, buena compañía, buena gente, buena experiencia de mar. La fuerza niveladora del mar, el recuerdo de un sol ya decadente calentando el metal pintado…
j.
Las fotos son todas mías (Delnadir©). Las puede usar quien quiera con tan sólo reconocer de dónde las ha obtenido: delnadir.wordpress.com. Gracias



























Hola. Sólo decir que las fotos son muy bonitas….. pero en el resto de opiniones discrepo. Aparte de buques oceanográficos creo que has visto muy poquitos, y que como una maravilla de la técnica deja mucho que desear. Mira la web de IFREMER y ahi verás barcos oceanográficos. En cuanto a eso del salero de la tripulación…. en fin. Como conocedora del buque y oficial de marina mercante desde hace 15 años (y navegando, aunque no en este buque) te aconsejo una fuente más directa e imparcial, no lo que te cuente el capitán o los oficiales del buque, que cara a la galería es todo muy bonito.
Por cierto, las fotos son buenas, me han gustado.
Un saludo y buena proa.