Hace unos días escribí un post (La crítica del no-yo como autojustificación) sobre un cierto tipo de personas, o quizás sería mejor decir de personalidades. La de aquellos que buscan fuera las causas de sus propias acciones, las razones de qué son y de cómo son. En este post me referiré a otro tipo de personas, de personalidades, otro de esos pocos arquetipos en los que todos podemos encajar de alguna manera. Muy pocas veces, si alguna, las personalidades son puras, constituidas por un único arquetipo. La mayoría de nosotros somos mezclas más o menos heterogéneas de varios de estos arquetipos, simultáneamente, secuencialmente, y casi siempre caóticamente.
El arquetipo de hoy es el luminoso. La personalidad luminosa es aquella que expresan las personas que son capaces de iluminar las más negras de las situaciones. Sonríen, ríen, transmiten paz, sosiego y calma, acarician con sus ojos que también sonríen, que también ríen. Estas personas son capaces de sonreír y reír aun cuando por dentro, e incluso por fuera, sus ojos sonrientes estén llenos de lágrimas. No se deben confundir con inconscientes, simples optimistas simples, insensibles, fríos,… Éstos no sienten, son meros objetos reflectantes. Nunca brillarán sin un “luminoso” cerca. Los luminosos lo sienten todo y lo transforman. Son generadores de luz y calor propios. Son personas muy queridas por todos los que las tienen cerca. Por todos los que disfrutan de su luz. Pero, paradójicamente, son personas, solitarias también. Generan luz, pero ¿quién les ilumina a ellos? Es tremendamente injusto. Y cuanto más brillan, cuanto más iluminan, más solos están. Islas de luz en un espacio frío y negro, demasiado grande, demasiado vasto, demasiado voraz de su luz. Viven en la soledad de los dioses. En ocasiones, cuando una nube eclipsa parcialmente su luz (nunca es totalmente), se puede ver su parte mortal, su parte humana, la necesitada de luz, y entonces, ¿quién puede siquiera intentar aportar algo de luz, algo de calor? A lo más que podemos aspirar los mortales es a devolverles algo de esa luz que irradian, reflejada en nosotros, tan tenue como la luz que nos devuelve la parte no iluminada de luna cuando está creciente, cuando es casi un paréntesis blanco, esa luz cinérea que no es más que la luz del sol reflejada en la tierra iluminando esa parte oscura de la luna que, a su vez, la refleja de vuelta a la tierra, pero tan tenue, tan fría, que difícilmente llega a impresionar las células de nuestra retina. Y aun así, simplemente con esa tenue luz, los luminosos son capaces de amplificar y devolver otro sol radiante, otra estrella de empatía. ¡Qué pequeños somos a su lado!.
j.


Tengo la suerte de vivir, desde hace 30 años, la amistad de esa persona luminosa. El problema está en que cuando una nube, propia o ajena, la ensombrece, todos los que la queremos nos entristecemos.
“Siempre hay una voz que nos escucha, siempre hay un silencio que nos habla”.
La luz, como el agua, se filtra por cualquier grieta, por muy pequeña que sea. Sólo la oscuridad más negra podrá hacerla desaparecer.