Mi primer telescopio: reflector Newton 200 mm

24 03 2008

Como decía al final de mi último post sobre mi relación con la Astronomía (Los telescopios y yo – un post rollo y quizás demasiado técnico), tras mucho leer, estudiar, planear, planificar, y buscar, nunca llegué a construirme un telescopio. Una de tantas frustraciones que fui acumulando a lo largo de esta vida. Bueno, esta al menos es sobrellevable y se resolvió, como no, con dinero. Sí, finalmente, abandoné el proyecto de construcción para abrazar con verdadero amor el proyecto de adquisición de un telescopio. Esto ocurrió varios años más tarde, en 1981. Ya había terminado la licenciatura de Biología y, aun en Santiago de Compostela, empezaba a trabajar en mi tesis doctoral (en bioquímica, por supuesto). Tenía 23 años y con el dinero que conseguí de una beca pre-doctoral del ministerio de educación y ciencia (entonces eran unas 25.000 pesetas/unos 150 euros al mes) pude comprarme mi primer telescopio: un reflector Newton de 200 milímetros de apertura (diámetro del objetivo), con montura ecuatorial alemana, motor de seguimiento, tres oculares de 1 pulgada y 1/4: ortoscópico de 9 mm, Keller de 40 mm, y un micrométrico ortoscópico de 20 mm con iluminación por LED; y una lente duplicadora Barlow, que interponiéndose entre el ocular y el objetivo permite duplicar los aumentos conseguidos con cada ocular. Total 120.000 pesetas (721 euros).

 Telescopio Newton 200mm

Telescopio Reflector tipo Newton de 200 mm (¡Mi primer Telescopio!)

Empezaré por el final: los oculares. El tamaño de los oculares era importante. Los telescopios malos tenían oculares de 0,96 pulgadas, pequeños y de difícil utilización (era difícil de encontrar el “agujerito” donde poner el ojo para ver). Los oculares buenos eran los de 1 pulgada y 1/4. Más tarde tuve oculares de 2 pulgadas (esos eran auténticos mastodontes, pero muuuuy cómodos de usar). Entonces los oculares ortoscópicos eran los buenos, daban una buena corrección cromática y esférica y una pupila de salida (el diámetro aparente de la imagen que forman y que, finalmente, impresionará nuestra retina) razonable. Los Keller eran peores, pero para distancias focales largas (esto quiere decir, menos aumentos finales) eran aceptables y, sobre todo, más baratos. Como el espejo objetivo del telescopio era de 200 mm y f:6, su distancia focal eran 1200 mm (200mm x 6). Eso quería decir que con los oculares que tenía podía alcanzar 133 aumentos con el 9 mm, 30 aumentos con el de 40 mm y 60 aumentos con el de 20 mm (los aumentos se calculan dividiendo la distancia focal del objetivo -1200 mm- por la distancia focal del ocular). Estos aumentos se duplicaban cuando usaba la lente Barlow. Así tenía un conjunto de aumentos razonable: 266X, 133X, 120X, 60X, 30X. ¡No estaba tan mal para empezar! Más tarde pude permitirme otros oculares de mejor calidad: Plössl y Nagler, estos últimos quizás los mejores en el mundo del aficionado a la astronomía.

El ocular micrométrico tenía interés para medir distancias angulares entre estrellas (o cualquier objeto celeste). Estos oculares tienen unas marcas de graduación en el plano focal de tal manera que se puede ver la cuadrícula en foco superimpuesta al campo estelar que estemos observando. La cuadrícula se iluminaba tangencialmente con un LED rojo de intensidad variable para evitar el deslumbramiento excesivo. Sabiendo los aumentos que aplicamos y teniendo en cuenta qué ángulo cubre cada marca de graduación, se puede medir la distancia angular entre dos objetos celestes. Estos oculares se usaban sobre todo para medir distancias entre estrellas dobles. Las estrellas dobles pueden ser pares reales (es decir, dos estrellas -o más- realmente próximas en el espacio) o aparentes (es decir, dos estrellas que por efecto de la perspectiva parecen próximas entre sí, pero están a mucha distancia una de otra sin formar un par físico). Estas últimas no se consideran dobles y suelen tener solo un interés “estético”. Las dobles reales, los pares físicos, son las más interesantes. A veces, analizando los movimientos relativos (y muy lentos) de un par real de estrellas se pueden detectar anomalías en sus órbitas. Estas anomalías suelen ser debidas a la existencia de algún objeto masivo oscuro que, por efecto de la gravedad del sistema, distorsiona las órbitas previsibles de las dos estrellas. Así se han descubierto planetas extrasolares (es decir, no del sistemas solar, es obvio pero a veces pasa desapercibido). En estos casos suelen ser planetas muy grandes (del tamaño de Júpiter o mayores) que, debido al fuerte efecto gravitatorio de su masa, son capaces de afectar la órbita de las estrellas que constituyen el par. Bueno, pues para eso se utilizaban (en teoría) los oculares micrométricos. A nivel profesional eso ya no se hace así (ya no se hacía entonces) sino que se utilizan imágenes fotográficas (clásicas, de emulsión, o digitales) tomadas a distintos intervales para calcular la dinámica de los sistemas dobles (o triples, o múltiples en general). Incluso a nivel de aficionado hay métodos alternativos más económicos y de mayor precisión que solo necesitan un cronometro de los de 2 euros. Pero entonces a mí me hacía mucha ilusión disponer de un ocular con el que hacer “medidas”, eso aportaba “profesionalidad” a mi afición favorita (¡ingenuas ilusiones de juventud!).

Portaoculares del Newton 200mm

Portaoculares del telescopio Newton-200 mm con el ocular Keller de 40 mm puesto. Se puede ver también el buscador: un pequeño telescopio refractor de 50 mm de objetivo, unos 9 aumentos y con portaoculares acodado para facilitar la observación del cielo cenital. El buscador tiene pocos aumentos y gran campo de visión y permite dirigir el telescopio a la parte del cielo donde estamos interesados con una precisión buena (sería muy difícil hacerlo directamente con el telescopio debido a lo reducido del campo de visión que proporciona). Es fundamental que el telescopio principal y el buscador estén perfectamente alineados entre sí (esto se dice “colimados”) para que apunten siempre a la misma región del cielo.

El motor de seguimiento. Por ponerlo en términos automovilísticos, esta es una ópción muy aconsejable. El motor de seguimiento mueve el telescopio en el eje de Ascensión Recta (el que se dispone paralelo al eje de rotación de la Tierra) en sentido contrario al de rotación de la Tierra, con lo que logramos que las estrellas o el objeto que estemos mirando no desaparezcan del campo por causa de este movimiento de rotación. El motor de seguimiento es imprescindible para hacer fotografías del cielo nocturno a través del telescopio, puesto que son necesarios tiempos de exposición muy largos -varios minutos o incluso horas. Luego resulta que el motor de seguimiento tampoco hace maravillas. El eje de Ascensión Recta debe estar perfectamente orientado paralelo al de rotación de la Tierra (hay trucos para lograrlo, pero no son aptos para impacientes -mucho prueba y error, error, error, prueba….). Además el movimiento del motor y el sistema de reducción no es perfecto. En general,los sistemas de seguimiento utilizan una corona y un tornillo bisinfín para transmitir el movimiento del motor al eje de Ascensión Recta. Esto suele tener errores inevitables más o menos evidentes dependiendo de su calidad mecánica. Por ejemplo, cada vez que el bisinfín da una vuelta completa puede producirse un salto hasta que engrana con el siguiente diente de la corona. Existen también errores de control de la velocidad del motor (subsanables con un controlador electrónico), y del lugar del cielo donde estemos mirando (motivados por la refracción atmosférica diferente según la parte del cielo que estemos mirando), etc. En cualquier caso, siempre es mejor tener motor de seguimiento que no tenerlo.

La montura del Newton 200 mm y yo

En esta foto se puede ver la montura ecuatorial tipo “alemana” del Newton 200 mm (la ”T” de aluminio brillante). También se aprecia la caja del motor de seguimiento (la caja negra en la parte inferior del eje de Ascensión Recta), y los contrapesos de acero y plomo (los cilindros oscuros al final del eje de declinación: unos 30 kg) con contrarrestan el peso del tubo del telescopio y equilibran la montura. En la foto también estoy yo “haciendo que hago“, es decir “posando“, solo como referencia para apreciar las medidas del telescopio. Observar la inclinación del eje de Ascensión Recta, orientado al polo norte celeste y con una inclinación sobre la horizontal igual a los grados de latitud norte del lugar (Viascón – Pontevedra: unos 42º).

La montura ecuatorial: como comentaba en el anterior post sobre este tema, la montura ecuatorial era esencial para poder hacer observaciones serias y, sobre todo, cómodas del cielo nocturno. Este tipo de monturas son las que tienen uno de los ejes paralelo al de rotación terrestre. Suelen tener un aspecto extraño y poco intuitivo y mover el telescopio de un sitio a otro del cielo no es algo obvio. Es mejor pensar primero los movimientos a realizar y, ¡tener cuidado con las personas y cosas que pueda haber en el círculo de giro del telescopio!. Por supuesto el motor de seguimiento requiere una montura ecuatorial. Ahora existen alternativas técnicas que permiten hacer seguimiento con monturas no ecuatoriales, sino azimutales. Pero esto necesita tres motores al menos para producir el mismo resultado que una montura ecuatorial: uno para cada uno de los ejes, puesto que hay que mover los dos para lograr compensar el movimiento de rotación terrestre, y un tercer motor que rota el ocular, para compensar un efecto conocido como rotación del campo. Este efecto es una mera cuestión geométrica y se debe a que la posición relativa del tubo del telescopio respecto a su eje longitudinal va cambiando con el movimiento. Es decir, aunque el tubo apunte a la misma región del cielo, es cómo si se hubiese girado. Aunque la rotación del campo no es mucho problema para la observación visual, es nefasta para la fotografía – las estrellas aparecerían como arcos de circunferencia, en lugar de puntos.

Telescopio Newton 200 mm. Detalle de los controles finos de Ascensión Recta y de Declinación

Detalle de los controles de movimiento fino manual de los ejes de Ascensión Recta (rueda grande) y de Declinación (ruedas pequeñas). Estos controles se usan para mover el tubo del telescopio (de hecho los ejes de la montura) muy lentamente cuando se trata de centrar el objeto que se está observando. La montura tiene un sistema de embragues que se aflojan para moverla libremente cuando se trata de hacer grandes movimientos, para ir de un sitio del cielo a otro. Una vez apuntado aproximadamente con el buscador, se aprietan los embragues, con lo que la montura no puede moverse libremente en ninguno de los dos ejes, pero sí puede hacerse con los controles. Se aprecian también los círculos graduados que permiten localizar objetos celestes conociendo sus coordenadas ecuatoriales: grados, minutos y segundos (de arco) para el eje de Declinación, correspondientes a la posición relativa del objetio respecto al ecuador celeste; y horas, minutos y segundos de tiempo, para el eje de Ascensión Recta, y corresponden al tiempo que tardan en aparecer por el horiconte este a partir de un meridiano celeste considerado como 0.

El telescopio: reflector tipo Newton de 200 mm. Este era el telescopio típico aconsejado para un aficionado medio. Era la referencia en prácticamente todos los manuales de Astronomía amateur. El reflector Newton tiene un espejo cóncavo con curvatura parabólica y concentra la luz en un punto enfrente del espejo. Para poder “ver” con estos telescopios deberíamos ponernos en el punto de foco del espejo. Esto es complicado (por decirlo retóricamente) cuando el espejo es pequeñito, como en un 200 mm, puesto que nuestro cuerpo interrumpiría toda la luz que llega al espejo. Sin embargo, si el espejo es lo suficientemente grande, la obstrucción que supondría nuestro cuerpo sería despreciable. Esto pasa en los grandes telescopios, como el mítico telescopio Hale de Monte Palomar, California-USA. Este telescopio tiene un espejo de 5 metros de diámetro y utiliza un foco primario justo en el punto focal del espejo, en una especie de jaula donde cabe una persona. Sin embargo, en todos los telescopios tipo Newton pequeños y en la mayoría de los grandes, se utiliza una alternativa que consiste en desviar la luz concentrada por el espejo principal con un segundo espejo secundario plano, colocado diagonalmente, cerca del foco del espejo principal y que desvía la luz concentrada por éste hacia un lado, donde se puede colocar el ocular y, sin mayor obstrucción, poder observar.

IMVO logoEn 1981, este tipo de telescopios no eran fáciles de encontrar a la venta directa en tiendas en España. Al menos no en Galicia y menos en Pontevedra. Sin embargo, había un aficionado avanzado a la Astronomía en Lérida (Cataluña era donde había más aficionados entonces, con gran diferencia respecto al resto de España) que los construía por encargo: el Sr. Roure Codoñer (su empresa se llamaba IMVO, y todavía existe activa). Así que, allí me fui en un interminable viaje en tren desde Redondela (cerca de Vigo) hasta Lérida: más de 16 horas de viaje!. Quería verlo con mis ojos. Recuerdo que IMVO estaba en una calle que se llamaba Col.legí nº 26, que al llegar allí caí en la cuenta de que era Colegio en catalán. Ver una cúpula en la azotea de su casa, entrar en su taller, ver telescopios a medio hacer y otros ya acabados, fue como un proceso iniciático. ¡Me podía haber quedado allí toda la vida! (es un decir). Encargué el telescopio y me volví. Mejor debería decir nos volvimos porque mi madre se empeñó en acompañarme. Otras largas horas de tren de regreso, con el incovneniente añadido de que, por cortesía me quedé sin asiento (un señor mayor ocupaba el mío cuando, realmente él no tenía reserva). Así que me pasé gran parte del trayecto ¡de pie! Horas, de noche. Eso sí,fué muy bonito ver amanecer en la meseta castellana. Aun recuerdo los impresionantes cielos naranjas del amanecer, encima de una interminable llanura a los que ahora estoy tan acostumbrado, o quizás mejor debería decir a los que ¡me he hecho adicto!.

Meses más tarde llegó el telescopio, tras esperar y desesperar semanas la llegada de la compañía de transportes. Paradojas: llegó un viernes de uno de los escasísimos fines de semana que me quedé en Santiago. Coincidió entonces que estaba yo suspirando los vientos por una chica: morena, exótica (vivía en Francia), musical, con muchísimo encanto,… al final una sustituta más, ¡mi tercer fracaso! Total, el telescopio tanto tiempo esperado, esperó una semana más en casa de mis padres, en Pontevedra, metido en sus dos cajas. El fin de semana siguiente llegó pronto. Fue un laaaargo momento de felicidad que duró mucho tiempo, años. Con ese telescopio aprendí todo lo que supe de Astronomía observacional de aficionado. Aunque ese todo es más bien poco. Más tarde, ya en Madrid, conocí otros aficionados mucho más experimentados que yo. Recuerdo que entonces me sentí pequeñito. En cualquier caso, yo seguí siendo feliz.

Las primeras sesiones de observación con el telescopio (uno o dos veranos) fueron desde la terraza de la casa de mis padres en una aldea de Pontevedra: Viascón, a escasos 12 kilómetros de Pontevedra, por la carretera nacional N545, Pontevedra-Orense. Aun recuerdo, como si fueran ahora mismo, las noches de verano en aquella terraza estrecha, pobre y, como dice el tango sin revoque en las paredes. A esa terraza daba una puerta por la que se entraba al desván de la casa, lo que en Galicia se llama “o fallado“, la parte que está justo debajo de las tejas, donde se acumulaban los trastos viejos (Algunos años más tarde, mis padres le dieron un piso más a la casa y lo que antes era o fallado, se convirtió en el “piso de arriba” de la casa). Yo transformé (por decirlo de alguna manera) una pequeña parte do fallado en mi laboratorio de astronomía. Allí tenía, sobre una tabla apoyada en dos cajas, los libros de astronomía con los mapas del cielo, un cuaderno con las observaciones previstas para la noche, bolígrafos, una caja con los oculares, un flexo, y una linterna de baja intensidad y con la pila medio gastada y con un plástico rojo cubriendo la luz. En las sesiones de observación es esencial adaptar el ojo a la oscuridad. Así se logra que la pupila se dilate al máximo y puede entrar más luz en el ojo e impresionar la retina. Esto se traduce en poder ver mejor en la oscuridad. Como los objetos celestes son tan tenues, el tener la pupila completamente dilatada es esencial para ser capaz de verlos. La máxima dilatación de la pupila se logra después de estar en oscuridad entre 45 minutos y una hora, aunque a partir de la media hora, más o menos, ya se alcanza ya una buena dilatación. Sin embargo, si de repente nos deslumbra una luz, la pupila se contrae rápidamente y es preciso volver a adaptarse a la oscuridad otros 45 minutos. Por eso es tan importante evitar los deslumbramientos. La luz roja no contrae tanto la pupila (siempre y cuando sea tenue) pero aun permite ver los mapas y manejarse en la oscuridad con facilidad. Esta es la razón de la linterna de baja intensidad con la pila medio gastada y el plástico rojo.

La terraza de observación...

Terraza en donde estrené mi primer telescopio y puerta a o fallado donde estaba mi “laboratorio de astronomía

Aquellas sesiones de observación distaban mucho de ser perfectas. La casa de mis padres estaba al borde de la carretera y, aunque de noche no pasaban muchos coches, tenía que estar atento al ruido del motor para cerrar los ojos justo cuando pasaba alguno y así evitar el deslumbramiento. Además había algunas farolas en el pueblo, afortunadamente entonces lejanas y de poca intensidad. Eran de las antiguas de luz blanca, de vapor de mercurio. Estas son las peores para astronomía profesional porque su espectro de emisión es complejo y son más difíciles de filtrar. No pasa así con las actuales farolas de sodio de baja presión, las de color naranja. Éstas emiten tan sólo en dos líneas del espectro y son mucho más fáciles de filtrar y compensar así los efectos nefastos que tienen en la observación del cielo. Sin embargo, entonces, para un aficionado primerizo, lo importante era evitar el deslumbramiento y para eso eran mejor las antiguas farolas de vapor de mercurio, mucho menos luminosas. Años más tarde, sustituyeron estas farolas por las más modernas de sodio de baja presión: más claridad en la carretera, en las corredoiras y en los caminos de piedras, y también cielos más teñidos de luz naranja, más reflejos, más deslumbramientos, más difícil la observación.

Recuerdo aquellos primeros años con mucho cariño. Me pasaba la noche al raso, buscando nebulosas, estrellas dobles, galaxias, cúmulos globulares, cúmulos abiertos, reconociendo constelaciones, identificando estrellas por sus nombres, aprendiendo a ver con visión avertida (esto no sé si es una buena traducción de Averted Vision),… y todo bajo el cielo abierto, completamente abierto, con algún que otro perro ladrando en mitad de la noche, gritos de lechuzas (o cómo se diga el ruido que hacen las lechuzas y que es como un aullido pequeño), de vez en cuando el ruido del viento en las hojas de los árboles, el sonido de una radio a pilas con alguna extraña emisión nocturna, y el olor a la pintura negra mate del interior del tubo de mi telescopio mezclado con el olor de Galicia en las noches de verano (no describible con palabras, mejor ir allí y oler, es más fácil). Todo estaba cargado de intensa emoción y así persiste aun en mi memoria. Más tarde, cuando sabía más y tenía un telescopio mejor e incluso un observatorio, las sesiones de observación, aunque siempre cargadas de intensas emociones íntimas aun, ya nunca fueron igual. Me faltaba la noche entera, redonda, el cielo abierto, las estrellas sobre mi cabeza, y quizás también, o solamente, la ingenuidad del principio.

El observatorio.
En el verano de 1983, mi padre y yo empezamos a construir ¡el observatorio para alojar el telescopio! El sitio que elegimos fue en el jardín de la parte de atrás de la casa, al lado del hórreo, no podía ser en otro sitio pues era la parte más alta. Para empezar, me pasé un día cavando una zanja circular de unos 70 cm de profundidad y 3 metros de diámetro: el diámetro del observatorio. Después, otro día, fuimos con un tractor de un amigo de mi padre de Viascón, a un desmonte de la carretera donde había muchas piedras de buen tamaño y otras de tamaño enorme. Cargamos el tractor, a mano, con piedras “manejables”, que difícilmente podría coger ahora. Mi padre siempre fue muy fuerte, y la fuerza que no tenía la sacaba de su voluntad de hierro. Yo, ni una cosa ni otra. De regreso en casa, descargamos el tractor en la parte de abajo, a la entrada. Luego me tocó acarrear las piedras, una a una en la carretilla, hasta la parte alta de detrás de la casa, donde había cavado la zanja que alojaría los cimientos del observatorio. No fue una tarea fácil, era una cuesta muy empinada, sin un camino llano, sino con varias escaleras. Tardé varios días de aquél verano. Pero seguía siendo feliz solo con la idea del observatorio, mi observatorio. El verano aquél se acabó y sólo llegué a ver hechos los cimientos: un murete redondo, algo retaco, de piedra granítica (la típica piedra algo amarillenta de por allí, lo que llaman pedra do país) y cemento, que no sobresalía más de medio metro del suelo en la parte más inclinada del terreno. Yo me volví a Madrid, donde estaba ya desde 1982 haciendo la tesis doctoral en el Centro de Biología Molecular, del CSIC y la Universidad Autónoma de Madrid (esto es otra historia paralela que tal vez algún día ponga en un post de estos autobiográficos), pero mi padre siguió con la construcción del observatorio que encargó a un amigo suyo albañil (¡otro de los cientos de miles de amigos que siempre tuvo!). Para las Navidades de ese año ya estaba terminado.

Observatorio al anochecer

El observatorio al final de una tarde y principio de una noche…

El observatorio tenía dos pisos: la planta baja tenía la entrada y una habitación circular (más bien habría que decir cilíndrica) desde la que, por una estrecha e incómoda escalera de caracol, se subía a la planta superior, a unos 2,5 metros de altura, el auténtico observatorio. Esta planta tenía una pared circular de ladrillo de aproximadamente un metro de altura, sobre la que se apoyaba un raíl circular de acero sobre el que giraba la cúpula semiesférica de acero y aluminio, apoyada en 8 ruedas de acero con cojinetes de bolas. La construcción de la cúpula fue, como todo lo demás, completamente artesanal. La hizo el herrero del pueblo vecino: Tenorio, en la misma carretera, un poco más cerca de Pontevedra. Evidentemente este señor nunca había hecho una cosa semejante. Hice y deshice montones de dibujos y esquemas que mandaba por carta, para explicarles que era lo que quería. No es fácil dibujar una cúpula tridimensional en un papel y que entienda lo que quiero un herrero acostumbrado a hacer cosas planas: verjas, cancillas, puertas, ventanas,… Después de algunos intentos, lo logró: una cúpula de casi 3 metros de diámetro, con esqueleto de perfil de acero y chapa de aluminio, con una abertura practicable de algo más de un cuarto de circunferencia y de unos 50 centímetros de ancho (¡algo demasiado estrecha, pero fue lo que conseguí!). La verdad es que, teniendo en cuenta las dificultades que implica una construcción tal y lo raro del encargo (nunca antes había hecho nada semejante y nunca lo ha vuelto a hacer) el herrero de Tenorio hizo un trabajo excepcional.

La abertura de la cúpula

La abertura de la cúpula, un poco estrecha.

Para los que nunca han pensado en ello, la abertura de una cúpula de observatorio debe ser de más de un cuarto de circunferencia para poder ver el cénit: el punto más alto del cielo en cada instante. Si fuese más pequeña, ese punto siempre estaría oculto por la cúpula. Además, la cúpula debe ser giratoria para poder orientar la abertura a la región del cielo que se quiere observar. Las Navidades de 1983 estrené mi ¡nuevo, primero y único observatorio! Algo muy modesto, con un raíl infradimensionado, sobre el que giraba la cúpula, que finalmente fue cediendo y ondulándose con el peso de la cúpula. Hubo que cambiarlo por uno nuevo mucho más grande: una sólida viga en U hecha circular en una máquina de los pequeños astilleros que había en el muelle de las Corbaceiras en Pontevedra (otro más de los muchísimos amigos que tenía mi padre). Además, tenía alguna que otra gotera, que mi padre se encargó de sellar con silicona poco a poco, con infinita paciencia e implicación. Incluso cuando no llovía, tenía goteras, las de condensación del vapor de agua de mi respiración en el frío metal. En Galicia, aunque el clima es suave, los inviernos también son fríos y el vapor se condensa enseguida pues hay mucha más humedad. Eso lo solucionamos al verano siguiente forrando la cúpula por dentro con planchas de poliestireno expandido (poliexpan o corcho blanco) y recubriéndolas con moqueta de pared negra para evitar el deslumbramiento accidental por reflexión de luces externas (la moqueta de pared no era lo mejor pero ¡no encontré otra cosa en Pontevedra para recubrirlo!).Finalmente ya tenía mi propio observatorio y mi telescopio. Luego vinieron algunas mejoras pequeñas pero importantes: un pedestal de cemento mucho más sólido para el telescopio, un sistema casero de orientación fina del eje de Ascensión Recta que construí con algunos hierros sobrantes, algunas varillas roscadas, mucha paciencia y más ilusión, varios sistemas, cada uno algo mejor que el anterior pero todos poco eficaces, para poder abrir y cerrar la abertura de la cúpula de manera fácil, una mesa alta rodante que me recordaba a esas mesas “camareras” un poco horteras que se pusieron de moda hace años, etc.

Los ajustes caseros de Ascensión Recta y de Declinación

Sistema casero de ajuste de Ascensión Recta y de Declinación (pintados de rojo)

El observatorio permanecía cerrado de verano a verano, hasta que yo iba a pasar las vacaciones. Entonces gastaba el primer día limpiando las pajas y demás comodidades, que los pájaros habían acarreado para construir sus nidos (siempre varios) sobre el raíl de la cúpula, y que mi padre esperaba a que las crías se hubiesen ido para deshacerlos. Eran nidos de gorriones y éstos son los pájaros más simpáticos de todos, los más osados, los más entrañables, los más familiares,… y siempre fueron muy respetados por mi padre (yo algo de eso he heredado). Después venía limpiar las arañas, opiliones (las clásicas arañas de patas largas), restos de crisálidas, polvo, etc. pegados a la dichosa moqueta de pared que recubría el interior del observatorio, y que atraía y retenía todo lo que entraba en la cúpula: ¡mi pequeño agujero negro particular!. A continuación, fregar el suelo y finalmente montar la montura y el telescopio sobre su base. Esa noche, la primera de cada verano, ya solía observar algo si el tiempo lo permitía. Esto nunca estaba garantizado en agosto en Galicia. Recuerdo un verano en que no pude ver nada, se pasó todo el mes lloviendo o, en el mejor de los casos, completamente nublado,… ¡una tristeza! Creo que es fácil entender por qué, como gallego, no estoy acostumbrado a la lluvia y a los cielos grises, como piensan algunos que debería, sino que estoy más bien ¡harto!

La raya del monte a veces se borraba

La raya del monte a veces se borraba de tanto que llovía… (Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. – Mazurca para dos muertos. Camilo José Cela. 1983)

Las sesiones de observación en el observatorio tenían otro encanto, diferente al de las sesiones a cielo descubierto. Pasé noches maravillosas allí que aun recuerdo: cuando vi por primera vez la galaxia M51, de la constelación de los perros de caza (Canes Venatici), o la nebulosa Búho (Owl nebula M97, en la Osa Mayor), y también una vez en que vi algo extraño en el cielo que hizo que un escalofrío me recorriera entero y decidiese que la observación se acaba por aquella noche… Más tarde cambié de telescopio y todo se sofisticó un poco más, y un poco más de encanto se fue perdiendo, y la noche se empezó a imponer fuera y dentro del observatorio, fuera y dentro de mí también. Pero esto se queda para el siguiente post de esta serie.

j.


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Un comentario

2 06 2009
Juan Barrada

Maravillosa historia…ah! que recuerdos esos!…a todo esto quisiera agregar que mi primer telescopio, con el que pasaba laaargas horas observando en la azotea de mi casa materna cuando era apenas un niño…no tenía lentes!…pero esto no importaba, yo podía jurar en ese momento que era el más avanzado y potente instrumento astronómico que alguién jamás haya usado en la historia de la astronomía pues no puedo describir con palabras las maravillas que a través de él “observaba”.
Me causó mucha gracia también lo de: “…una vez en que vi algo extraño en el cielo que hizo que un escalofrío me recorriera entero y decidiese que la observación se acaba por aquella noche…”, pues pareces contando mi historia, la cual me dá un poco de verguenza contar en público pues siento temor de ser catalogado como “un poco loco” por decir lo menos. Tendríamos que intercambiar historias sobre lo que vimos pues sé con seguridad que me creerías y puedo asegurarte que te creería!

Un cálido abrazo desde Colombia !

Juan

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