Hoy es domingo, está a punto de amanecer. Aunque hay algunas nubes en el cielo son de esas como jirones que no aspiran a taparnos el cielo azul y mucho menos a taparnos el sol que ahora está aun por debajo del horizonte este, el que puedo ver desde de mi casa, por la ventana al lado de la cual escribo esto. Hace un rato, aun era de noche.
Amanecer en Madrid (Chamartín). Marzo 2008
En Madrid la noche nunca es oscura, menos aun negra. Las farolas de sodio de baja presión que brotan aquí y allá iluminan de naranja toda la ciudad e innecesariamente también el cielo que hay encima.
Cielo nocturno – Madrid (Chamartín). Foto HDR
Es la contaminación lumínica a la que ya me he referido de pasada alguna vez y a la que supongo volveré más veces. Mi casa, en un piso 12, está por encima de todas las farolas y sin embargo entra luz por la ventana en plena noche, no solo la reflejada en el cielo, sino directa, la de aquellas farolas donde solamente el diseño ha sido tenido en cuenta y despiden luz igual hacia el suelo que hacia cielo.
Farolas bombo – Luz hacia abajo, hacia arriba, hacia los lados… luz perdida
Mientras escribía esto he parado un momento. Me he hecho un café, me lo he tomado mirando amanecer y, finalmente, he puesto el friegaplatos. Ha pasado un tiempo, quizás 20 minutos, y la realidad fuera ha cambiado. La de dentro también ha cambiado, por simpatía con la de fuera. Siempre es asombrosa, mágica, esta transformación. Un poco de luz se vierte, incorpórea, sin peso, sobre la realidad y la transforma.
…la noche plácida y enorme,
la grande, universal, solemne pausa
de antes que todo en todo se transforme.
(Fernando Pessoa. ¡Sosiega, corazón! ¡No desesperes!)
Luz incierta, láctea, del amanecer – Madrid (Chamartín)
Se han llenado los espacios vacíos, donde hasta hace un rato no había nada, con solo un poco de luz. Luz de amanecer, naranja, verde, amarilla, tenuemente azul,… aun sin calor. Luz de un sol que nos deja verlo de frente, sonrojado de vergüenza quizás de ver lo que ve: legañas, caras sin afeitar, pelos revueltos, ojeras, bostezos, tripas orondas peludas que una mano rasca mientras la otra desenreda el pelo de la nuca, caras hinchadas, …Es un sol amigo, benévolo y casi cariñoso, …pero ¡cómo revitaliza!

Sol naciente del amanecer …¿o una farola bombo?
Me ha salido un inicio de post un poco extraño. Debe ser la influencia de una amiga (M) con la que estuve cenando el viernes junto con su marido (R), entrañable amigo mío. Esta amiga hizo alusión a la frase de Diógenes “no me quites el sol”. Seguramente eso, subliminalmente, ha dirigido el inicio de este post.
Supongo que es difícil de saber de que voy hoy. Me excuso. Cuando escribo en este blog, simplemente me siento y golpeo las teclas y van saliendo palabras, y frases, y párrafos, y al final queda un post (jamás una historia) que no era el que había pensado, sino que ha evolucionado a partir de un inicio que surge no sé muy bien cómo. Casi se podría decir que por azar, aunque sé que esto no es así. Algo ha hecho que lo empezase de esa manera y no de otra, solo que ese algo no lo conozco, o mejor, no lo controlo. Como en tantas otros casos que pensamos que ocurren por azar, cuando simplemente desconocemos su origen, su forma de controlarlos. Son cosas que ocurren ajenas a nuestra voluntad, y decimos que ocurren por azar.
Pero Madrid también tiene un río, y no es el Manzanares. Éste es un río artificial, apenas llegaría a la consideración de arroyuelo si no fuese por el sistema de compuertas que estanca el agua y da la apariencia de río. Cualquiera que haya estado en una ciudad con un río de verdad sabe a qué me refiero. Los ríos fluyen, constantemente. El Manzanares no.
Madrid sí tiene un río: la M-30. Esta no es una calle como se empeña el Ayuntamiento.
¡La M-30 es un río!.
Ya recuperados de semejante afirmación solo es necesario un esfuerzo más de imaginación para ver el río de Madrid. La M-30 fluye como un río. La M-30 no se puede atravesar andando, hay que hacerlo por puentes. Ver el fluir de coches en la M-30 atrapa, es como ponerse en un puente de un río y ver fluir el agua debajo…
Además, la M-30 es un río de una ciudad con mar. Con un mar con mareas. En Pontevedra, de dónde yo soy, hay un río, el Lérez. Como Pontevedra está en la desembocadura, las mareas del Atlántico hacen que el fluir del agua en el Lérez cambie con cada marea. Cuando la marea sube, el agua entra río arriba. Cuando la marea baja, el agua fluye mansamente a su encuentro con la ría. En Madrid, la M-30 fluye arriba y abajo, como el Lérez. Como digo al principio de este post, mi casa está cerca de una desembocadura de la M-30. Aquella que da a la carretera de Burgos. Cuando sube la marea, los coches entran en la M-30, hacia Madrid. Cuando la marea baja, los coches fluyen fuera de Madrid, se van.
M-30 por la mañana (baja la marea) M-30 por la tarde (sube la marea)
Choque de coches en la M-30 a las 8:00 de la mañana de un domingo de Noviembre 2007. El conductor del vehículo de la derecha era un conductor kamikaze que circulaba en sentido contrario. No hubo víctimas, sí heridos (una pierna rota el conductor kamikaze, algo más serio el otro conductor al que tuvieron que rescatar los bomberos cortando el techo del coche). Los coches absorbieron la energía del impacto: ambos eran Volkswagen. Parece cierto eso de la seguridad pasiva…
Sí, Madrid es una ciudad con mar y un río.
j.








